Diócesis de Calahorra y La Calzada Logroño

Una de las tentaciones del cristiano, que no es nueva, es la de establecer tendencias que vayan diferenciando lo que se cree de lo que realmente se vive, de modo que cuando éstas se marcan claramente en nuestro comportamiento producen lo que llamamos vidas paralelas. Por un lado va lo que decimos dentro del templo, algo bueno y deseable, y por otro lo que terminamos haciendo, no precisamente de forma ejemplar, fuera de los espacios religiosos, comprometiendo nuestra vida cotidiana, que es la que terminan viendo las personas del entorno, testigos no pocas veces de nuestras incoherencias.  

De ahí que el combate cristiano se dirija en un primer momento a corregir los desajustes que se producen en nuestro comportamiento, sin desanimarnos, porque aun sabiendo que somos hechos de barro, somos también conscientes de ser animados constantemente por el Espíritu, y, por tanto, capaces de superar los límites que nuestra propia condición de criaturas nos proporciona.

Este Espíritu es el que nos hace caer en la cuenta de nuestro posible desajuste entre fe y vida, y nos mueve interiormente a armonizar lo que hacemos y decimos en todo momento. En las confirmaciones que celebramos en estos días de Pascua, lo solemos comentar, por lo que no es extraño que estas ideas las hayan escuchado en alguna de estas celebraciones.

Decimos que la liturgia nos educa, es decir, que lo que ocurre dentro del templo nos prepara para las experiencias de la vida fuera del mismo, con la intención de hilvanar la dimensión interna de fe (la del corazón y la del espacio religioso), con su expresión externa, la de nuestro comportamiento en la calle, es decir, en todos los ámbitos en los que nos movemos.

Cuando se pronuncia el nombre de los confirmandos y la liturgia les hace ponerse de pie, les está recordando que quizá en algún momento se van a tener que señalar por seguir la voz del Señor que les pide que se impliquen en alguna situación donde se requiera el testimonio de la verdad y de la justicia, venciendo cualquier miedo o complejo que pudiera frenar la acción que Dios quisiera remediar a través de ellos. No es, por tanto, un ritual vacío, sino una lección para la vida. Además, creemos que se dará la fuerza necesaria para el testimonio que se pide, que no procede del carácter personal de cada uno, sino del impulso que proporciona el Espíritu, el que sobrepasa nuestros límites, de modo que personas frágiles incluso con pocos años, sean capaces de afrontar situaciones que en otros contextos resultarían insuperables.

Este es el regalo que nos ofrece la fe, y que celebramos cada Pentecostés, la gracia que permite experimentar el gozo del Evangelio y de llevarlo allí donde nos encontremos. Se entiende que sea el día elegido para la Acción Católica y el Apostolado Seglar, encargado de transformar las realidades temporales de nuestro mundo, de hacerse presente en la vida pública, objetivo que llevamos en nuestro Plan Diocesano Pastoral. Es un compromiso que adquirimos todos los bautizados, venciendo los comportamientos que antes hemos señalado.

En la vigilia de Pentecostés del sábado 23 de mayo en la Concatedral de La Redonda, y en todas las celebraciones de este día en nuestra Diócesis, nos dispondremos a recibir el Espíritu Santo, pidiendo por el fruto de la visita del Papa León XIV a España para que deje el poso que Dios espera. ¡Ven Espíritu Santo!

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.