26 de febrero de 2023
Llevamos varias semanas sacudidos por las imágenes y las informaciones que llegan de Turquía y Siria tras sufrir varios terremotos que han producido una enorme devastación, con millones de personas afectadas y miles de fallecidos. El mundo entero ha sentido la necesidad de amparar a aquellas gentes para las que se han abierto diversos canales de ayuda, económica, y de otro tipo, como los distintos equipos de rescate llegados de diferentes países para tratar de salvar a la mayor cantidad de personas posibles, atrapadas entre los escombros de los edificios colapsados.
Todos hemos aplaudido y nos hemos alegrado con los rescates heroicos y sorprendentes que se han producido, incluso varios días después de los seísmos.
Mientras la sociedad entera reconoce y agradece esta solidaridad que salva a las personas, en España se vuelve a legislar contra la vida. Ante el terremoto del aborto que acumula miles de víctimas mortales y un sin número de afectados, no cabe intervenir. La persona humana atrapada en el seno de la madre no tiene derecho a ser auxiliada. El interior del ser humano se convierte en una trampa mortal, un hueco sin salida, que sólo es franqueado para contribuir a la catástrofe.
No se puede informar a la gestante sobre su situación, ni proponerle que perciba la vida humana que lleva dentro, ni de las posibilidades que existen para ella y para el bebé, como alternativa al aborto. Todo aquello que pudiera salvar la vida del inocente y las consecuencias no deseadas para la madre, se niega sin más. Es como si el bombero que escucha entre los escombros el gemido agonizante de una víctima y se dispusiera a atenderla fuera multado por estar allí, en el lugar del desastre, y por intentar ayudar. Nadie entendería esto. Pues en el caso del aborto, no sólo lo entiende parte de la población, con sus leyes a la cabeza, sino que lo aplaude y lo prodiga. No cabe informar, ni rezar fuera, en la calle, pacíficamente, cuando resulta que en otras manifestaciones los “piquetes informativos” gozan del amparo de la ley.
Para algunos terremotos somos tremendamente sensibles, para otros no existe misericordia. Las víctimas, desgraciadamente, solo importan según sea el tipo de conflicto que tiene lugar. La persona débil, indefensa, paga con su vida la crueldad educada y moderna de una sociedad que no termina de reconocer que ella misma está bajo los escombros.
Enhorabuena a los que luchan por la vida y se implican en todos los frentes donde la dignidad de la persona es ultrajada, independientemente de la edad, la procedencia, y el estado en el que se encuentre. “Dichosos” los califica el Evangelio, porque gustarán el mérito de sus acciones. Que su ejemplo sacuda nuestra conciencia, muchas veces adormilada y clasificable, para unos usos que no auguran nada bueno.
Mi profundo agradecimiento a los que nos han dado la vida, la han cuidado, y han contribuido a que miremos el mundo, a pesar de todo, con esperanza, solidarios de los demás, especialmente los más desfavorecidos, a los que la ley protege menos a que otras especies.








