29 de octubre de 2023
Con este título, “Un Dios de vivos”, salió a la luz en noviembre de hace tres años un documento de la Conferencia Episcopal Española sobre la esperanza cristiana ante la muerte, la centralidad de la resurrección en nuestra fe y algunas observaciones sobre la celebración de las exequias.
“Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado Cristo, a quien no ha resucitado…si es que los muertos no resucitan” (1Cor 15, 13-15).
Con esta cita del apóstol S. Pablo daba comienzo dicho documento, señalando la clave de bóveda del edificio de nuestra fe. Si quitáramos esta pieza, el hecho de la resurrección, nuestra fe se desmoronaría. Algunos libros y películas se han basado en este argumento para señalar “el punto débil” del credo cristiano, que por otra parte es el que le da su consistencia.
Dentro de unos días, al comenzar el mes de noviembre, los cristianos celebraremos dos importantes citas litúrgicas, la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos Los Fieles Difuntos, que vienen a subrayar estas verdades de nuestra fe. Conviene que volvamos sobre estas cuestiones para que una realidad que quiere ser iluminada por la fe no quede ensombrecida por creencias y prácticas ajenas a la visión cristiana da la vida.
De hecho, una de las más extendidas es la de Halloween, cuyo término en inglés es una contracción de la expresión “víspera de todos los santos”, que con el discurrir del tiempo y la mezcla de costumbres ha derivado en una fiesta que nada tiene que ver con su origen. Hasta el símbolo de la calabaza, signo cristiano de la resurrección, plasmado en textos y obras de arte, ha adquirido un significado que ya no recuerda al acontecimiento central de nuestra salvación. Algunos templos emplean hoy día la calabaza como recordatorio decorativo de su sentido tradicional, lo que significa que no ha sido totalmente arrebatado de nuestra simbología.
El transcurrir del tiempo y la posibilidad de contar con el día festivo de Todos los Santos va haciendo que también se mezclen los sentidos de las dos celebraciones próximas, de modo que la festividad de Todos los Santos se emplea para ir a los cementerios, con el peligro de quedar sustituida por el día de los Fieles Difuntos. Recordemos que el día 1 de noviembre cantamos la gloria de los santos, deseamos su imitación y pedimos su intercesión, mientras que el día 2 de noviembre rezamos al Señor por los fieles difuntos con el deseo de que gocen de su presencia.
Solidarios del dolor de los demás, los creyentes queremos acompañar con nuestra oración sincera la pérdida de cada persona, también las que mueren en el anonimato en circunstancias que sólo Dios conoce, acompañando los interrogantes y sentimientos que brotan del misterio de la muerte. Ponemos nuestra esperanza “en la resurrección de la carne y en la vida eterna”, hacia la que todo confluye, sabedores de colaborar en la salvación que Dios quiere para todos. Merece la pena que ahondemos en las verdades de nuestra fe, a la que este documento, “Un Dios de vivos”, contribuye de forma sustancial.








