24 de diciembre de 2023
Seguro que muchos usuarios habituales del móvil tenemos la experiencia de haber mandado un mensaje y descubrir a continuación que no era eso lo que queríamos decir, que el dichoso corrector nos ha jugado una mala pasada. Dependiendo del sentido y magnitud de la corrección automática así será nuestra agitación.
Nos damos cuenta de que las imposiciones que tergiversan nuestra intención nos molestan profundamente y dejan en nosotros una sensación de amarga impotencia si es que no hemos podido remediar lo que no era nuestra voluntad.
Si esto lo sentimos de forma abrupta, en el momento de transmitir un mensaje, es menos detectable cuando la corrección programada actúa a través del tiempo, con pequeños cambios que no hacen sospechar que somos conducidos a otra realidad distinta de la que en un principio habríamos elegido. Es un efecto “rampa” del cambio de mentalidad, de las imposiciones culturales o ideológicas que van ocupando de forma más o menos silenciosa los diversos espacios de la vida.
Un ejemplo lo tenemos en la deriva que se ha producido en el control de los seguidores de los clubs de fútbol. De estar mezclados en el campo hace años, a ser separados por hinchadas, y, por último, como ha ocurrido recientemente en una ciudad europea, a prohibir vestir con la indumentaria del propio equipo en las inmediaciones del estadio, por interpretarse como una provocación y, por tanto, foco de posibles altercados. Quién lo iba a decir, que no se podría mostrar un distintivo futbolístico, ni corear con gozo los cánticos y goles del propio equipo, porque supuestamente ofenderían al contrario. Resulta increíble. La convivencia se resiente con decisiones como estas, que estrechan el conjunto de libertades características de un estado democrático. Este hecho nos puede llevar muy lejos si lo extrapolamos a otros ámbitos de la vida. Desgraciadamente encontramos ejemplos que ya han calado en nuestra forma de ver las cosas, aceptando como buenos y normales hechos que ya indican ese cambio de mentalidad.
Cada uno es responsable de custodiar su propia visión de la realidad, de analizar lo que sucede a nuestro alrededor y de lo que brota de uno mismo. Nos moldeamos con las decisiones cotidianas, desde las más importantes a las menos significativas, afianzando u horadando las opciones vitales particulares. Lo que interiorizamos, a lo que le terminamos diciendo que sí, nos conforma, va diciendo quienes somos, en quiénes nos podemos convertir. De ahí la importancia de integrar el criterio que nos ayude a crecer en humanidad, en personalizar la vida.
Para esta tarea somos asistidos. La rampa quedó establecida por el Misterio que vamos a celebrar estos días. El descendimiento de la divinidad a nuestra condición humana hace posible nuestro desarrollo, venciendo toda mentalidad caduca. El mensaje de la Encarnación supone una mirada nueva sobre todo; no es algo impuesto, secreto, ni taimado, es una propuesta abierta a la razón y a la libertad, dándonos la capacidad de contrastar cualquier otra concepción de la vida que quiera instalarse. Gracias por el mensaje de Belén, que rompe sofismas e ilumina el camino de la verdadera humanidad. Que sepamos descubrirlo y custodiarlo como el mejor regalo que se nos puede ofrecer. ¡Feliz Navidad!








