Diócesis de Calahorra y La Calzada Logroño

En varios momentos hemos abordado de diferentes maneras el misterio de nuestra condición humana, una de cuyas características es su limitación, como la de toda criatura, pero, como en tantas ocasiones, también una constatación paradójica, ya que, según el enfoque que se haga de la limitación, puede tratarse de una realidad recortada o de una condición de posibilidad que trasciende el propio perímetro existencial, ensanchándolo hacia unas coordenadas que no dejan de asombrarnos.

Un lugar donde es fácil comprobar esta realidad paradójica del ser humano, donde la limitación es sobrecogedora y, al mismo tiempo, constantemente superada, es el conocido santuario de Lourdes, centro de peregrinación mundial, donde acuden millones de personas cada año, movidas por la esperanza de aminorar los límites que mantienen encerradas de forma trágica y misteriosamente cruel las vidas de tantas personas. 

Sin embargo, donde cabría fijarse sólo en esta dimensión dolorosa de nuestra condición humana podemos comprobar que hay otras fuerzas que corrigen esa mirada, de modo que, vistas en su conjunto, todas en acción, dan un sentido a la existencia que esclarece de alguna manera el misterio insondable de nuestra humanidad.  

En Lourdes se produce el providente intercambio de dones, el estilo de la Encarnación, en la que la fuerza de lo alto se conjuga con la limitación de la condición humana, donde, al final, tanto el que aporta enfermedad, como el que presta ayuda, provocan un clima en el que todos salimos fortalecidos. La comunión de bienes, físicos y espirituales, es compartida, la mirada evangelizada, y la esperanza sembrada en los corazones de todos. No desaparecen los interrogantes del deterioro de la salud, pero aflora la invitación a colaborar con la suerte de los demás, a no refugiarse en el privilegio de un mejor estado, que, en cualquier momento, puede cambiar de dirección.

En la peregrinación que cada año organiza la Hospitalidad de Lourdes de La Rioja a finales de junio, se ha vuelto a repetir esta experiencia del lenguaje evangélico de la caridad, donde el trabajo, la confianza y la fe de cada uno, ha dado el resultado querido, la satisfacción y el consuelo del que pone en práctica el seguimiento de Jesús.

Las lecturas de la misa del domingo pasado, con las que finalizaba la peregrinación diocesana al santuario, nos afianzaban en el camino de la propuesta del Señor. Nos recordaban la necesidad de gestionar la limitación, la que nos viene dada y la que queremos asumir para atender a otros según sus carencias. El ejemplo del vaso de agua fresca ofrecido al sediento, con todas las sugerencias que esto implica, ha sido una práctica que se ha puesto de manifiesto en todo momento en estos días. Todos hemos reconocido en ese alivio un lenguaje que estamos llamados a emplear de forma constante, que está al alcance de todos. Hay quien alivia y es aliviado con su estado vital, con la oración, con el servicio, con los sacramentos, con la palabra, con la amabilidad, con la responsabilidad personal, y así, de tantos modos, con los que podemos facilitar la vida que compartimos.

Muchos jóvenes se han sumado a esta edición de la Hospitalidad de Lourdes. A juzgar por sus impresiones y su actitud, podemos decir que el mensaje de humanidad al que exhortaba el Papa en su reciente viaje a España se ha visto reflejado en este santuario en el que la Virgen nos enseñó a superar nuestra limitación.

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