Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

15 de enero de 2023

El pasado sábado 7 de enero, desde la Concatedral de La Redonda, nos unimos a la oración de la Iglesia por el eterno descanso del Papa emérito Benedicto XVI. Quise recordar en la homilía unas palabras que el entonces Cardenal Ratzinger dirigió a los seminaristas en Madrid, en febrero del 2000. Reproduzco la cuestión que tuve la ocasión de preguntarle y la respuesta del futuro Papa Benedicto XVI.

[Pregunta] El deseo de ser sacerdote conecta con un momento ajetreado de su vida, que usted mismo ha dejado escrito, y en el que manifiesta dicho deseo: “Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de chándal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a enrolarnos como voluntarios en el cuerpo de las SS aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delate del grupo reunido. Un gran número de camaradas de carácter bondadoso fueron enrolados de este modo en este cuerpo criminal. Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de escarnios e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente voluntario y de todas sus consecuencias”.

Años más tarde, en su escudo episcopal, aparece una figura que le recuerda la situación de necesidad y de sufrimiento que es propia de la fe y que deriva del fracaso humano –son palabras suyas-. Esta vivencia está representada por un oso que lleva cargado un fardo, y que usted interpreta con S. Agustín y el Salmo 72: “Por Ti he llegado a ser una bestia de carga y, precisamente así, estoy en todo y para siempre contigo”. Estas dos experiencias entresacadas de su biografía hablan de su relación con Dios. Remontándonos a sus orígenes, nos gustaría saber cuál ha sido su vivencia de fe, qué es lo que le hace un día marcharse al seminario y qué elementos han sido fundamentales en su proceso vocacional. Muchas gracias.

[Respuesta] Lo esencial lo ha citado usted ya, de mis memorias. Mi camino hacia el sacerdocio no estuvo causado por un momento único de una gran vocación, sino por una lenta y paciente maduración. El primero y esencial fundamento fue la familia. Mi padre y mi madre eran personas no sólo creyentes, sino profundamente enraizados en la vida de la Iglesia, que han estructurado su jornada, y la nuestra, con la oración. Así, la oración en común, por la mañana, antes de comer, etc., también el rosario, etc., marcaban la estructura de nuestra vida, y el encuentro con el Señor, con los santos, con la Madre del Señor ha crecido naturalmente como parte fundamental de nuestra vida. Y con esta oración familiar se relacionaba también la experiencia de la liturgia. Desde el principio comencé a comprender, ayudado por mis familiares, también por buenos sacerdotes, que la liturgia no el algo creado por instancias humanas –es algo ciertamente mediado en la historia por personas humanas, pero es un tejido crecido en los siglos en el cual se esconde toda la riqueza y belleza de la fe –entrar cada vez más en esta realidad de la liturgia como presencia divino-humana del Señor, como don del Señor y respuesta nuestra era para mí un camino interior de un significado cada vez más importante. Sean los sacramentos –la Confesión y la Eucaristía, sobre todo-, sean las grandes fiestas de la Iglesia -la Pascua, la Navidad, que para nosotros los niños era todavía más importante que la Pascua, porque toca más el sentimiento-. Estas grandes fiestas han dado esplendor y luz a la vida, de modo que la realidad de la fe no era una realidad lejana, invisible, sino transparente en todas las realidades de la vida y una invitación permanente a hacerse compañero del Señor y siervo del Señor en la Iglesia para poder llevar adelante la historia del Señor con la humanidad. Así pues, estas experiencias, enriquecidas por amistades con otros que tomaban el mismo camino, eran, por así decirlo, la penetración de mi vida con la voz del Señor, que han hecho aparecer como natural la elección del ministerio de la liturgia y de la palabra, es decir, del sacerdocio.

Luego llegó también la aventura de la filosofía y de la teología. Descubrí esta riqueza también intelectual de la fe, en la gran tradición filosófica y teológica. Entrar en este gran mundo que comienza por una parte en el Antiguo Testamento y por otra en la gran filosofía griega y ver agrandarse estos horizontes y ver aparecer aquí verdaderamente la clave para comprender la realidad, me ha ayudado mucho.

Naturalmente no faltaron tampoco momentos de dudas, de dificultad, de necesidad de tomar decisiones y aceptar también las renuncias necesarias por la fe. Pero habiendo, por así decir, “descubierto la perla”, era también natural que estuviera dispuesto a pagar el precio de las renuncias que son necesarias para llegar a este ministerio, para caminar junto al Señor. Pero precisamente estudiando la teología he descubierto también que este gran mundo de pensamientos y experiencias que nos han transmitido los Padres, enriquecido con toda la cultura humana, incluso la precedente, respondía realmente a “mi carisma”, por así decirlo, y era esta precisamente mi vocación: servir al Señor en la evangelización y concretamente en el servicio de la Palabra, el estudio de la teología y la enseñanza, para ayudar a otros a descubrir las mismas riquezas y bellezas.