5 de octubre de 2025
En estos últimos números de Pueblo de Dios, al que añadimos éste, hemos reproducido alguna de las partes de la carta pastoral “Nacer de nuevo”, que, con todo el deseo de la fe se dirige a cada fiel de nuestra diócesis y a toda persona que llegue a encontrarse con el texto, para que pueda darse un nuevo descubrimiento de nuestra condición de cristianos, con una conciencia renovada de la responsabilidad personal y comunitaria que se espera de nosotros, y ofrecer con sencillez el testimonio de lo que somos y queremos vivir. Probablemente ya se encuentre repartida la carta en las parroquias en su versión papel.
Al final de dicha carta, hilvanándola con lo que decíamos en el número anterior sobre la necesidad de identificar los signos que tienen lugar en nuestra Diócesis, nos fijamos en aquellos creyentes con los que compartimos la fe en Jesús, aunque todavía no estemos totalmente unidos; aquellas iglesias con las que queremos seguir avanzando en el camino del ecumenismo. Que la Palabra de Dios y la caridad fraterna nos acerquen unos a otros para avanzar en la voluntad del Señor que desea que seamos uno.
Recordamos de igual modo a los hermanos de otras confesiones religiosas con las que queremos tener una relación más estrecha, de modo que sea real ese diálogo interreligioso que evita suspicacias y allana entendimientos, con las buenas consecuencias que estos acercamientos pueden tener para nuestras respectivas comunidades.
Las faltas contra la libertad religiosa nos perjudican a todos, los delitos de odio nos afectan a todos, las ofensas a las religiones nos entristecen a todos. Ojalá sepamos ofrecer al mundo, desde nuestra condición de personas religiosas, el entendimiento y la convivencia que todos deseamos.
En este sentido, también la actividad política es clave; de ahí la preocupación que en algún momento hemos manifestado, según los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre la deriva legislativa en España, que hace que los españoles podamos no ser iguales ante la ley, que se ponga en peligro la legítima separación de poderes, y que se atente contra la unidad de nuestra nación, un bien moral arraigado en nuestra historia del que todos somos responsables.
Por último, nuestra solidaridad con todas las zonas afectadas por los incendios que en estas semanas asolan gran parte de nuestro territorio nacional. Además de las tremendas pérdidas materiales, nuestra oración por las personas fallecidas, familiares y allegados, y el deseo de una pronta recuperación a los heridos. Que los lugares que todavía luchan contra el fuego (ahora tendríamos que hablar de las amenazas del agua) cuenten con la coordinación debida de las distintas administraciones y los medios necesarios para su extinción, sin que haya que lamentar más víctimas.
Con estas palabras terminábamos nuestra reflexión, para concluir con un pequeño apartado de agradecimiento a todos los que participan y colaboran con el plan pastoral, entroncado en esta fase final del Jubileo y su mensaje de esperanza.
Es posible nacer de nuevo, con todas las repercusiones que estas palabras suponen de buena noticia para nosotros, para nuestras comunidades cristianas y para todos con los que compartimos la vida. No podemos sino volvernos al Señor, al Oriente que mira el bautizado, y reconocer con profundo agradecimiento lo que hace en nuestra vida y el horizonte de sentido que nos ofrece, guiados por nuestra Madre La Iglesia.









