Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

Pueblo de Dios – 1 de marzo de 2026

Hemos celebrado ya el primer domingo de Cuaresma, el primer tramo que conduce hacia la Semana Santa, entrando en ésta, y quedándose a las puertas del Triduo pascual, entregándole el testigo de la fe a los acontecimientos centrales de nuestra salvación, desde los que se puede leer lo acontecido y donde se descubre el sentido de todo.

En una recomendación siempre actual, pero más en este tiempo particular, se insiste en acudir a la Palabra de Dios, fuente de riqueza para nuestras vidas, donde los mensajes que se ofrecen en forma de historias y lenguajes diferentes, pueden ser adaptados perfectamente a nuestras situaciones actuales.

Uno de los textos que la liturgia expone estos días es el del Éxodo, el segundo libro de la Biblia, donde se narra la historia de Moisés, el instrumento elegido por Dios para constituirlo líder del pueblo hebreo, cuyos miembros van a experimentar su acontecimiento fundante, identitario, que repetirán orgullosos en las generaciones futuras: la salida de Egipto, su liberación.

Vayamos al principio, al nacimiento de Moisés. Escogemos unos versículos de este libro del Pentateuco en el que se relata la difícil situación del pueblo hebreo sometido a dura esclavitud en Egipto, donde se les trata de impedir que se hagan fuertes temiendo que algún momento se pudieran aliar con un supuesto enemigo futuro que quisiera apoderarse de los dominios del Faraón. Para ello, se ordena que si los recién nacidos son varones sean arrojados al Nilo, si son niñas se las permita vivir.

En este contexto nace Moisés al que la madre “tuvo escondido tres meses. Pero, no pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embardunó de barro y pez, colocó en ella a la criatura y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo” (Ex 2, 3-4). Aquí está la terrible decisión de los padres, el precio para salvar al resto de la familia era el sacrificio injusto de un inocente, lo que ya nos sugiere el anuncio que tendrá lugar siglos después en la persona de Jesús de Nazaret. 

El gesto desgarrador de la madre nos habla de las limitadas posibilidades humanas. Llegamos hasta donde llegamos. Nuestra capacidad de reacción se topa con la impotencia de la cruel realidad que no puede ser sorteada de otra manera. Es el momento de la entrega y de la aceptación. Del mismo modo que Moisés fue puesto en la cesta, como si de otro pesebre se tratara, la madre lo abandona en Dios, para que Él cuide de su hijo, ya que ella no puede acompañarlo más. Es la confianza que nos recuerda la escena del Génesis, en la que Abraham conduce confuso y esperanzado a su hijo Isaac hacia un sacrificio que rompe nuestros esquemas, pero que arranca la confianza de Abraham que tranquiliza a su hijo y a sí mismo con su famosa respuesta: “Dios proveerá” (Gen 22, 8), lo que le valdrá salvar al hijo de la promesa y vislumbrar la descendencia de su pueblo.

La experiencia de Abraham se repite en la madre de Moisés que recuperó a su hijo, rescatado del agua, con el añadido de la ayuda de la hija del faraón. El misterioso silencio de Dios fue contestado por el mismo Dios que nos anima a la esperanza en Él por encima de todo.

El signo de la ceniza con la que empezábamos la Cuaresma no es sino un recordatorio de esta posible doble vivencia, la limitación de nuestra condición humana y la confianza en Dios que vuelve a dar la vida de un modo que se nos escapa. Caminamos hacia la Pascua esperanzados en la respuesta definitiva de Jesús a los deseos del corazón.