29 de enero de 2023
Aunque el tema que queremos abordar hoy tuvo su jornada hace unos días, no podemos decir que se trate de una “noticia pasada”. Me refiero a la celebración del Domingo de la Palabra de Dios que señaló, el pasado 22 de enero, una necesidad constante en nuestra vida de cristianos. Esta jornada, propiciada por el Papa Francisco y reservada para el tercer domingo del tiempo ordinario, quiere subrayar la importancia de la Escritura en la vida de la Iglesia. Adentrarse en las páginas de los libros sagrados con la guía de la fe supone descubrir la presencia del Señor y las implicaciones de su seguimiento.
Es bien conocido el pasaje del evangelio, en el que Jesús, tras su resurrección, se hace el encontradizo con aquellos dos personajes que se alejaban de Jerusalén, camino de Emaús, ayudándoles a entender lo sucedido, interpretando adecuadamente la Escritura: “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lc 24, 27). No mucho más tarde, S. Pablo manifestará que la Escritura permanece sin desvelarse, si le falta la clave de interpretación que es Cristo (cf. 2Cor 3, 14-15). Siglos después, S. Jerónimo, que dedicó su vida al estudio de la Biblia, y al que le debemos su traducción al latín, texto conocido como la Vulgata, nos recordará con rotundidad que “el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.
Conocemos también el impacto que unos pocos versículos pueden provocar en una persona, como le ocurrió al que será S. Antonio Abad, cuando bien joven escuchó al entrar en la iglesia la respuesta de Jesús a aquel otro joven del evangelio que le preguntaba sobre la vida eterna: “anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”, palabras que tomó Antonio al pie de la letra y supusieron el comienzo de una nueva vida como eremita.
El Domingo de la Palabra de Dios es, por tanto, una buena ocasión para volvernos a plantear nuestra relación con el texto sagrado. ¿De qué modo estamos familiarizados personalmente con los libros de la Biblia? ¿La sabemos manejar? ¿Disponemos de una Biblia en casa? ¿Tenemos experiencia de haber compartido un rato de oración aprovechando algún texto bíblico, con familiares, amigos, o miembros de una comunidad cristiana? Quien haya descubierto la riqueza de la lectio divina, este modo de lectura creyente de la Palabra de Dios, reconocerá la fuente de sabiduría que nos espera en su interior. Lo que dice el texto, lo que me dice a mí, lo que provoca en cada uno, las implicaciones que tiene, son un tesoro que nos hace caer en la cuenta de que verdaderamente “la Palabra de Dios es viva y eficaz” (Hb 4,12).
Animo a que en todas nuestras comunidades cristianas, también en la vida consagrada, haya espacios para compartir la Palabra, de modo que podamos todos enriquecernos con las aportaciones de cada uno con la sencillez de la fe. Insistiremos en el cuidado de la exposición de la Palabra en nuestras celebraciones litúrgicas y en su estudio, con iniciativas que ayuden a profundizar en el contenido, las que ya se ofrecen en la Diócesis y las que seguiremos proponiendo.
La Palabra es lugar de encuentro. Así pudimos comprobarlo los representantes de las iglesias Armenia, Ortodoxa, Evangélica y Católica, compartiendo un texto de la Escritura durante la reunión que mantuvimos con motivo de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Un signo de fraternidad que pedimos siga fructificando. Que la Palabra siga haciendo amigos de Dios.








