Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

26 de marzo de 2023

En estas últimas semanas hemos tenido varios encuentros en la Diócesis sobre la cuestión de la vida, en el mes en el que los cristianos celebramos el inicio de la gestación del Salvador en el seno de la Virgen, cuyo nacimiento recordaremos en el ahora lejano diciembre.

Las charlas preparadas con jóvenes y no tan jóvenes han querido señalar el inicio y el final de la vida. Dos momentos en los que la fe tiene una palabra que decir.

En una de las conferencias impartidas, tres eminentes investigadores de La Rioja en el campo de la Biología nos situaron de un modo muy pedagógico en el momento en el que se encuentra la ciencia con respecto al origen de la vida. La conclusión no fue una sorpresa, a pesar de los nuevos métodos y avances que en este terreno se han producido. Afortunadamente, los que allí estuvimos pudimos comprobar que una nueva vida comienza en el mismo instante en que se produce la unión de los gametos masculino y femenino. Todo lo demás, puro desarrollo continuo en el tiempo, si se le permite. Así de sencillo, y así de impresionante. Nada que pueda inquietar a lo que sostiene la fe. Todo lo contrario. Asistimos, en contra de lo que a veces se piensa, a la sintonía de la visión científica y la visión creyente, ambas unidas por la búsqueda de la verdad.

Después del asombro ante los inicios, nos introdujimos en el no menor misterio del final. En otra de las ponencias nos hablaron de las causas por las que las personas deciden  desconectarse de esta vida, y de las razones que podríamos aportar para sostener al prójimo doliente entre nosotros, entre ellas la que proporciona la fe. De nuevo la visión profesional casaba con la visión de la fe en el enfoque de la cuestión.

En alguna otra exposición, dedicada igualmente al final de la vida, se habló también del “silencio cómplice”, ese no hablar de la certeza de la muerte, esquivando de mil maneras su abordaje, lo que constituye un verdadero problema que requiere en ocasiones de ayuda terapéutica para terminar aceptando la finitud de nuestra existencia.

Aunque la fe estaría dispuesta a intervenir en el problema, parece como si socialmente se mantuviera este otro “silencio cómplice”, que consiste en no dejar que la fe exprese sus posibilidades para consolar, orientar, y dar sentido al momento final de la vida, la asignatura por excelencia que se nos impone.

Cabe preguntarse por qué en la antigüedad el miedo al destino y a la muerte fueron contestados felizmente por la fe cristiana que se extendió con rapidez, precisamente por su mensaje de esperanza ante toda situación, incluso la más dramática, y ha seguido atravesando siglos y culturas, portando su mensaje salvador. Nuestra época no la reconoce como el mejor bien que nos ha podido suceder, sino que la arrincona como algo superado, cuando vemos, como en estos ejemplos que hemos indicado, que es el mejor antídoto frente a todo lo que nos hace morir.

Con todo lo dicho, se entenderá que el 25 de marzo, en la Jornada por la vida, propiciada por la Iglesia, queramos expresar alto y claro que el derecho a la vida se promueve y se defiende. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que vamos a celebrar en la Semana Santa, son la cara y la cruz de nuestra vida, salvada para siempre.