13 de noviembre de 2022
Este número de Pueblo de Dios es el último de este Año, litúrgicamente hablando, claro. El siguiente estrenaría, por tanto, el Año Nuevo, no el que sigue a las doce campanadas, que señala el calendario civil, sino el que inaugura el comienzo del repaso de los misterios de nuestra salvación según el enfoque del ciclo A, el primero de los tres en los que se organiza la liturgia tras muchos siglos de gestación. Cuando termina un ciclo, comienza otro, en esta circularidad que gira en torno al acontecimiento de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el Amén de Dios.
La liturgia, como pedagoga de la fe, nos anima a reflexionar sobre el tiempo transcurrido, de modo, que echando la mirada atrás, uno pueda repasar su propia vida, y tomar conciencia de lo sucedido: “miraré cómo me ha ido”, empleando la expresión ignaciana del libro de los Ejercicios Espirituales.
En el pasado Viernes Joven, en esa cita de los primeros viernes de mes para los jóvenes, además del tema que se abordó sobre nuestra dimensión corporal, estuvimos comentando una práctica habitual de la tradición de la Iglesia, el balance de cada día. Propusimos repasar la jornada desde distintos ángulos, el cronológico (qué ha ocurrido linealmente a lo largo del día), o empleando distintos filtros: motivos de acción de gracias; situaciones por las que pedir perdón; realidades a encomendar; acciones que se deberían tomar; etc. También se les invitó a responder a una posible pregunta, con sus variantes, imaginándonos que el mismo Señor nos la hacía: “¿Qué te ha supuesto conocerme hoy?, ¿En qué te ha ayudado, en qué te ha complicado la vida?…”
Al finalizar el Año Litúrgico, bien podríamos hacer también nosotros ese balance personal, y llevarlo no sólo a una de nuestras jornadas, sino al año entero o la orientación de nuestra vida en estos momentos.
Cuando presentamos el Plan Pastoral para este curso en el Monasterio de Valvanera en los primeros días de septiembre, sugerimos que cada uno viera cómo se encontraba, qué echaba en falta en su vida cristiana, y que buscara aquello que más le ayudara para seguir creciendo en el seguimiento de Jesús. Han pasado tres meses desde entonces, estamos a dos semanas de terminar nuestro Año según el calendario litúrgico, y nos lanzamos a comenzar el nuevo. ¿Qué quisiéramos que se desvaneciera de nuestra vida, como el ciclo que se acaba y qué hemos hecho al respecto? ¿Qué quisiéramos a incorporar en nuestro horario y qué medios vamos a emplear para que pueda ser una realidad?
Las personas vivimos en un constante cruce de coordenadas, las que nos hablan del pasado, las que proyectamos para el futuro y las que tenemos en el momento presente. La propuesta de la fe, nos anima siempre a avanzar, sin dejarnos paralizar por lo que ocurrió, ni por lo que pueda suceder, ni por lo que estemos viviendo.
La pedagogía del Año Litúrgico nos recuerda la caducidad de nuestra condición, la esperanza de lo que está por venir, y la luz, por tanto, sobre nuestro aquí y ahora.
Que el Dios de la Historia y de nuestra historia, en quien todo cobra sentido, ilumine nuestro ayer, nuestro hoy y nuestro mañana, y nos haga vivir con la libertad de lo que somos, hijos de Dios.








