Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

16 de abril de 2023

Cuando los sonidos de tambores y cornetas se han alejado de nuestras calles y los pasos con las imágenes vuelven a sus sedes, cuando vuelve la normalidad para tanta gente implicada en los diversos actos y celebraciones religiosas, cabe preguntarse qué eco ha tenido en nosotros lo vivido en estos días pasados de Semana Santa.

Lo que podemos constatar es que la fe ha sido manifestada sin complejos por las calles con la adhesión y el apoyo de mucha gente, todos los que libremente han querido sumarse. Me imagino que habrá también quienes no compartan estas demostraciones de fe, como puede ocurrir con otras manifestaciones públicas. En cualquier caso, entre devotos, espectadores, curiosos y turistas creyentes o no, la verdad es que estos días son de claro beneficio para muchos sectores de nuestros pueblos y ciudades, que además, dado el estilo de los actos que se realizan, no suponen ningún destrozo que haya que lamentar y que pagar después.  Afortunadamente, que yo sepa, todos estos actos transcurren en paz, con el respeto que unos y otros nos merecemos.

Si nos fijamos en los aspectos más externos de estas manifestaciones de fe, caemos en la cuenta de que pueden suscitar un interrogante en quien lo contempla, al mostrar el mensaje cristiano con el lenguaje de las expresiones artísticas y modos de piedad cristiana, lo que puede llevar al diálogo de su significado último. Ojalá que quienes lo muestran y quienes lo reciben vayan más allá de una mera tradición o elemento cultural y puedan profundizar en la motivación que los ideó. Evitemos pensar que la dimensión externa de la fe es más aparente que real, porque desconocemos lo que mueve por dentro a cada una de las personas implicadas y lo que supone después para sus vidas, eso sin llegar a conocer lo que su colaboración ha permitido para que alguien reciba un instante de aliento como un guiño súbito del cielo.

Que quien haya participado de las celebraciones litúrgicas y de otros actos oracionales haya salido igualmente confortado, y que al seguir el ritmo que propone la Iglesia para estos días haya descubierto el mensaje del amor de Dios que quiere llegar a todos. Lo externo y lo interno van de la mano en la fe, sabiendo que todo es susceptible de discernimiento y, por tanto, de mejora.

Empezamos la Semana Santa levantando los ramos que preludiaban la victoria final de Cristo, una vez adentrado en el misterio de su pasión. Terminamos la Semana al grito de ¡Aleluya! por la feliz noticia de un “imposible”, la noticia por excelencia, la de un muerto, ejecutado públicamente, que se ha presentado vivo delante de muchos testigos a los que ha enviado a todos los rincones del mundo a proclamar que lo sucedido ha tenido lugar por cada persona de este mundo, mostrando con ello su valor y su destino glorioso.  

No permitamos que se eche el telón hasta el año que viene como si la función se hubiera terminado. Entonces sí sería puro teatro. Que la normalidad de la vida no venga a introducir el respeto humano, la vergüenza y el miedo que han permanecido ausentes estos días. Lo que hemos celebrado en los templos y en las calles necesita continuar su eco allí donde se desarrolla nuestra vida corriente, en nuestros lugares de trabajo, de estudio, de ocio, en la familia y con los amigos, en nuestra forma de actuar como ciudadanos, con derechos y obligaciones, para la construcción de una sociedad más justa y más fraterna. ¡Feliz Pascua de Resurrección!