19 de octubre de 2025
Acaba de hacerse público el primer documento del Papa León XIV, titulado Dilexi te (Te he amado -Ap 3,9-), una exhortación apostólica comenzada por el fallecido Papa Francisco que ha sido retomada por el actual, como se indica en la introducción del escrito, y que coincide con lo que ocurrió con el primer documento del papado anterior, la encíclica Lumen fidei (La luz de la fe), cuya redacción se debía a Benedicto XVI y que fue asumida y terminada por el Papa Francisco.
La providencia ha querido que una vez más se muestre en detalles como estos la continuidad del magisterio de la Iglesia, aunque los estilos personales y los acentos en los que se incide en cada momento sean diferentes.
Pues bien, la exhortación Dilexi te, viene a recordarnos una línea que se retrotrae a los diferentes libros de la Biblia, que tiene su culminación en las enseñanzas de Jesús, cuyas palabras, tajantes en este sentido, se reproducen en los diferentes escritos del Nuevo Testamento, y son una constante a lo largo de toda la historia de la Iglesia: el amor de Dios a los pobres, uno de los mandamientos que los cristianos hemos de recibir y poner en práctica sin ambigüedades, un verdadero “camino de santificación” (DT3).
El documento es un desarrollo de esta expresión del amor de Dios, ratificada con innumerables ejemplos desde los comienzos de la Iglesia, siendo uno de los criterios de discernimiento de su auténtica actividad. Asomarse a las acciones heroicas que tantos cristianos han realizado en cada época con relación a este mandato resulta conmovedor. La conciencia de que Dios ha venido en persona al final de la Historia a liberar al ser humano del pecado y de la muerte a través de Jesucristo es una constante que se pone de manifiesto en cada intento de liberación, cuando las personas entramos en cualquier vericueto de despersonalización que conduce a la esclavitud, cuyos ejemplos más marcados son los excluidos, los que forman parte de esa cultura del descarte, de las periferias materiales y existenciales, tantas veces repetidas: “El corazón de la Iglesia, por su misma naturaleza, es solidario con aquellos que son pobres, excluidos, y marginados, con aquellos que son considerados un descarte de la sociedad” (DT 111).
Por eso la Iglesia no puede dejar de entrar en todas las áreas en las que la dignidad de la persona es maltratada, denunciar su situación y establecer posibles cauces de solución. Una “economía que mata” (DT 92), porque sólo mira determinados intereses, que deja grandes desigualdades, conflictos, destrozos del medio ambiente, etc; una forma de hacer política que tiene graves consecuencias sobre la población; el trato a los migrantes; los derechos sociales y laborales; las posibilidades educativas en los diferentes niveles y campos del saber; el cuidado de la vida y de la salud de las personas, ahora que nos encontramos en un nuevo debate sobre la tristísima realidad del aborto, que se reclama como un derecho (¡quién lo iba a decir!) en vez de verlo como una dramática decisión que acumula la siniestra cifra de más de cien mil abortos en España el año pasado.
Animo a todos a adentrarse en las páginas de este documento y asombrarse de esta breve historia de la Iglesia en su mejor vertiente, la de la caridad, que nos recuerda nuestra responsabilidad ineludible hacia los necesitados, de forma personal y como comunidad cristiana, respondiendo al mandato del Señor que nos habla de la misericordia del juicio para quien practicó la misericordia.








