Acabamos de leer recientemente en el evangelio dominical una parábola de la vida a través de la imagen del trigo y de la cizaña, que describe perfectamente el corazón humano, y la situación enmarañada de nuestra sociedad, en la que andan mezclados el bien y el mal, consecuencia, la mayoría de las veces, de las acciones que nuestra libertad particular se empeña en llevar a cabo.
Aunque nadie quiere para sí lo que le perjudica, no siempre ponemos en práctica lo que sería lo debido, con lo que todos sufrimos los efectos de nuestras decisiones y las de los demás, con mayor trascendencia cuanto más relieve tienen las opciones tomadas.
Resulta chocante que, aunque a nadie le gusta que le engañen, se prodigue la mentira; que, aunque a nadie le guste que le roben, se tolera que esto ocurra; y así podríamos aumentar la lista de unas situaciones que encizañan la convivencia pacífica que supuestamente todos deseamos, porque a la vista de determinadas actuaciones que nos transmite la actualidad social del momento, está claro que se justifican o minusvaloran actitudes que no ayudan al bien común, o que se permiten, debido a ciertos cálculos que desde luego no contribuyen al ambiente democrático en el que queremos vivir.
Que haya personas que no actúan como corresponde al ejemplo que debían dar, nos lo encontramos en todos los sectores: familiar, político, eclesial, laboral, etc. Como hemos dicho más arriba, el misterio de la libertad hace que se produzcan desviaciones de los buenos ideales que en algún momento motivaron una determinada toma de postura en la sociedad. Lo que ya no se entiende tanto es que no se actúe contra quienes se aprovechan de su cargo para arremeter contra el bien que deberían defender, y, como decimos, da igual el ámbito en el que esto se produzca.
Como ocurre en el otoño con las hojas, que a algunas les hace cambiar su coloración, lo que revela la especie de cada árbol, hay situaciones que ponen al descubierto la verdadera naturaleza de cada uno, y, por tanto, la posibilidad de comprobar los principios que rigen para cada persona. Están saliendo a la palestra testimonios de personajes públicos que por respeto a sus principios no se dejan amedrentar por coacciones de sus iguales o de otros sectores que tratan de acallar esas voces discordantes que simplemente denuncian situaciones que no deben ser toleradas. Moverse con esta libertad es un verdadero ejemplo que nos construye a todos, pero también conlleva un precio que muchos han tenido que pagar de formas diversas, y que no todo el mundo está dispuesto a asumir.
Les costó un tiempo a algunos personajes de la parábola citada darse cuenta del crecimiento de la cizaña, pero, una vez identificada, dieron la voz de alarma porque estaba en juego el bien de la cosecha. Les movía la lógica de la responsabilidad, salvar el bien que representa el trigo. No sabemos si hubo otros que prefirieron callar, aunque se hubieran percatado igualmente del peligro de la siembra. De estos no nos habla el texto, pero aparecen en otros pasajes que son reflejo de la vida real.
Nos damos cuenta de que lo que sembramos lleva consigo un combate complicado para llegar a desarrollarse plenamente. Que no todo tendrá el resultado que esperamos, pero que, desde luego, cuanto más bien caiga en tierra buena, más posibilidades habrá para que las mejores actitudes se prodiguen.
La visita del Papa a España, con un seguimiento multitudinario dentro y fuera de nuestro país, ha supuesto el esparcimiento de esta buena semilla, explicada de forma elegante y sin complejos en todos los ámbitos, sin esconder el mensaje cristiano sobre la dignidad de toda vida humana, desde el inicio hasta el final, a través de su grandeza y su deterioro, en el sufrimiento de la pobreza y la migración, en el diálogo con la cultura, el deporte, la política, etc., en los que la Iglesia sigue teniendo mucho que aportar.
Otro buen ejemplo al que acabamos de asistir nos lo ha dado nuestro seleccionador nacional de fútbol, al frente del equipo que ha llevado a España a ganar su segunda estrella, donde ha brillado a nivel mundial la deportividad, el trabajo profesional, y una impecable tarea de conjunto, que ha ilusionado a los aficionados y a los no tan aficionados al fútbol.
En el campo de nuestra sociedad necesitamos de muchos testigos, cada uno en su ámbito, que hagan las veces del trigo que alimenta la convivencia y la paz, para descubrir y ahogar a la cizaña que no deja de colarse en las distintas instituciones, incluso en los bares y plazas donde se quiere disfrutar con tranquilidad de un partido con los colores nacionales.







