Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

1 de diciembre de 2024

Aquí tienes el texto con el formato corregido, eliminando los saltos de línea innecesarios dentro de las frases y manteniendo únicamente la separación entre los párrafos:

Cuando escribo este texto estamos a punto de concluir el Año Litúrgico y lo hacemos con el broche final de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Todo tiende hacia Aquel que desde su entrega lo atrae todo hacia sí, como señala el evangelista S. Juan (Cf. Jn 12,32).

Es una ocasión renovada para que los cristianos reconozcamos la finalidad de lo que hacemos, para caer en la cuenta de si todo lo que forma parte de nuestra vida está debidamente orientado o andamos parcelados, con facetas que acercamos a este fin y otras que todavía no conectamos con el sentido rotundo con el que se pronuncia la liturgia en esta festividad.

Que Cristo sea Rey indica que hay un proyecto de cómo entender la humanidad; un orden definitivamente establecido que se empeña en el servicio a los demás, en la justicia, el amor y la paz, por el que merece la pena pagar el mayor de los precios. Una mentalidad que choca con otras que tratan de arrebatar esta originalidad de Dios para constituirse ellas en el criterio último de actuación. Es un momento para discernir quién, qué realidad está por encima y qué consecuencias tiene para cada uno.

Lo vemos reflejado en la costumbre de colocar una cruz en las cumbres repartidas por la geografía mundial, un signo de haber descubierto la victoria del crucificado en las dificultades y cuestas de la vida, una perspectiva que supera otras formas de mirar lo que existe, una esperanza que puede anidar en el corazón de quien quiera aventurarse a experimentarla. Esa señal interna es la que supera los intentos de la comodidad, de la indiferencia, del interés meramente egoísta y de una larga lista de candidatos que nos aseguran con el tiempo la infelicidad.

La escena del Evangelio de este día nos presenta el juicio de Jesús con Poncio Pilato en el momento en el que éste le pregunta si es rey, a lo que Jesús contesta: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18,37). Es la contestación que pedimos prestada cada vez que hay que determinarse por el bien, venciendo toda presión que anule nuestra identidad. Es la que ha quedado marcada en el bautismo que nos salva y nos capacita para el testimonio de la vida cristiana.

Una expresión de esta vida cristiana que quiere apostarlo todo con la radicalidad con la que el Ciclo litúrgico se despide, señalando a Cristo Rey, es la ceremonia de la profesión solemne, como la que ha tenido lugar en esta Solemnidad en las Clarisas de Arnedo, como ha ocurrido en otros monasterios de La Rioja en otros momentos.

“Deseo libremente consagrar mi vida entera a mi único Dios y Señor, en su Iglesia, por toda la humanidad”, dice la hermana profesa en su fórmula de consagración, consciente de la tradición eclesial que transmite el agua viva de la gracia y de su efecto en el mundo entero, con un impacto que sólo Dios conoce.

Qué buena forma de terminar el Año Litúrgico, dejándose atraer por el que hace nuevas todas las cosas, confiados en la providencia del que asegura las etapas venideras, superando lo que traigan y lo que pudieron dejar tiempo atrás.

Feliz itinerario, sea cual sea la vocación por la que se avance, porque conduce a la vida verdadera. Feliz inicio del Adviento.