Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño

11 de enero de 2026

Tras el tiempo de Navidad retomamos nuestra cita con la publicación de Pueblo de Dios con la intención de informar de los acontecimientos que tienen lugar en nuestro entorno eclesial y de contribuir con alguna sugerencia al crecimiento de la vida cristiana.

Hemos tenido este año la providencia del cierre del Año Jubilar, unos días después del acontecimiento que caracteriza nuestra fe, la encarnación de Dios. Su celebración coincidió en el calendario con la fiesta de la Sagrada Familia, lo que supone una sugerencia que no podemos soslayar. Si la esperanza en la que ha estado centrado el Jubileo cede el testigo al día en el que festejamos que Dios ha querido formar parte de una familia, es que ésta constituye un signo de esperanza para nuestro tiempo. Esta interpretación nos anima a poner nuestra mirada en la familia cristiana para ver de qué manera podemos contribuir a que la fuerza de su presencia se ponga de manifiesto en la sociedad actual.

En sintonía con nuestro plan pastoral, la familia se ve también interpelada por el lema que nos afecta a todos, “nacer de nuevo”, para que ilumine la situación de cada hogar, con sus aciertos y dificultades, con la posibilidad de seguir ofreciendo una calidad de vida que se experimenta de un modo particular en el seno de los vínculos más cercanos.

Es donde aprendemos a que se reproduzca la pedagogía del amor de Dios que conjuga lo oculto y lo manifestado, como hemos celebrado en Navidad en sus diferentes momentos, desde el nacimiento de Jesús hasta su bautismo. Si en estas escenas de la vida del Salvador lo invisible de Dios se ha hecho visible para llegar a todos, en la vida familiar, la vida privada es ocasión para el crecimiento mutuo, dentro y fuera de la familia, como es la vida pública, a imitación del Señor.

En su manifestación externa, Dios mismo ha querido implicarnos, para que nuestra condición de criaturas, y, por tanto, limitadas, sea al mismo tiempo superada con su acción divina. Nos hace ser conscientes de que, aunque Dios no nos necesita para llevar su plan a plenitud, quiera desarrollarlo con nuestra colaboración.

Así se entiende la expresión de Juan, en el evangelio del bautismo de Jesús: “¿y tú acudes a mí?”. El Bautista se sorprende, lógicamente, de que sea el Mesías prometido el que pida ser bautizado, cuando debería ser al revés. Sin embargo, una vez más, el Señor, en su humildad, quiere dejarse ayudar, para llevar adelante su plan de salvación.

Como san Juan, todos los que nos encontramos con Jesús, por pura gracia, sentimos la misma desproporción, la del Todopoderoso pidiendo ayuda al que nada puede para lo que él pretende. Esta es la experiencia con la que comenzamos el Tiempo Ordinario según la liturgia, la de llevar a otros, con los que compartimos la vida corriente, el mensaje de la Buena Noticia. Quien quiera ponerlo en práctica seguro que encontrará el modo de hacerlo, como decimos, en la normalidad de la vida, en las situaciones más insospechadas que puedan presentarse, y en la holgura que permiten los detalles aparentemente más insignificantes de cada día. Cuando en uno de los objetivos del plan pastoral nos referimos a la presencia en la vida pública, queremos incidir en esta dimensión externa de fe, macerada en el interior, mostrada sin complejos, de forma personal u organizada, para que a todos les llegue el eco de un Dios que quiere encontrarse con cada uno.