11 de mayo de 2025
Con motivo de nuestro aniversario sacerdotal, en mi caso, 25 años, se nos ha pedido a los que lo celebramos que pongamos por escrito nuestra historia vocacional y nuestro recorrido ministerial en este tiempo. Me sumo, por tanto, como los demás, a esta tarea que no es sino un agradecimiento a Dios por su llamada y el sostenimiento de la misma a lo largo de todos estos años en los que no pocas personas han intervenido. Él sabe quiénes son y lo que les debo.
El modo de contar el propio proceso vocacional puede variar en función de los aspectos en los que uno se fije, porque ciertamente son muchas las experiencias que se acumulan desde que se recibe la sugerencia hasta que se concreta la respuesta.
En mi caso, el entorno desde la infancia ha estado siempre relacionado con la vida cristiana; mi familia, la más inmediata y la más extensa, ha participado naturalmente de la fe, y tanto mis hermanos como yo hemos crecido en un ambiente generado por esta visión, en los modos de hablar, el respeto a los mayores, el buen comportamiento, la práctica religiosa, etc. Mis primeros años en La Solana, un pueblo de la Mancha, los recuerdo con esta relación tranquila con Dios, que entraba con toda normalidad en la vida cotidiana.
Con el traslado familiar a Madrid, primero a una población cercana y después a la capital, la cuestión religiosa siguió vinculada a las diferentes parroquias de la zona, donde los ambientes ya no eran tan homogéneos como entonces y la fe era puesta a prueba. La providencia puso en mi camino un sacerdote y un grupo de jóvenes con los que descubrí más profundamente el sentir con la Iglesia y la responsabilidad que teníamos con relación a Dios y a los demás, lo que suponía cuestionarse el sentido de la propia vida.
Si todo ha sido preparación de la llamada, en este contexto surgió esa primera invitación concreta a ser sacerdote, que, bajo diferentes excusas, fui posponiendo. Pero las experiencias en el tiempo seguían orientando en una dirección (el cuestionamiento en la oración, el eco de la Palabra de Dios, un encuentro con adolescentes que se iniciaban en la fe, imágenes de la vida corriente que exigían respuestas, etc.), lo que condujo a que algunos años después, y, tras contrastarlo debidamente, entrara en el Seminario.
Tras el período de formación, llegó la primera ordenación, la de diácono, estando destinado en la Parroquia de El Pilar de Campamento (Madrid), en la que sólo estuve un curso, ya que una vez ordenado sacerdote el 18 de junio del 2000, en contra de lo que en un principio se pensó, en vez de continuar en la parroquia en la que estaba feliz, fui destinado al Colegio Arzobispal-Seminario Menor al curso siguiente, compatibilizando las clases con el encargo pastoral en Acción Católica, como Viceconsiliario. Al año siguiente ya seguí a tiempo completo en el Colegio, aunque colaboraba en el Oratorio del Niño del Remedio y en una parroquia cercana al Seminario, el Purísimo Corazón de María. En el 2012 dejo la dirección del colegio por un nuevo destino, la parroquia Beata María Ana de Jesús, que lleva consigo un colegio diocesano, con el mismo nombre, que cuenta con un alumnado muy variado, tanto como que tiene 17 nacionalidades, lo que supone una experiencia escolar muy diferente.
Los años en esta parroquia y en el colegio fueron una bendición de Dios, donde pudimos afrontar proyectos de todo tipo, tanto con relación a los edificios como en la vida pastoral, que tuvo su influjo en el barrio.
En diciembre del 2017 llega la noticia del nombramiento de Obispo Auxiliar de Madrid, toda una sorpresa que dejaba atrás el proyecto parroquial que con tanta ilusión estábamos realizando. Y cambia por completo la dedicación. Ahora viene la experiencia del recorrido por la diócesis con su rica variedad, participando de las visitas pastorales y el acompañamiento de los sacerdotes como otro de los encargos recibidos. Y, tras cuatro años en estos menesteres, una nueva llamada del Nuncio me señala otra tarea, ahora en La Rioja, como obispo de una diócesis con nombre largo, Calahorra y La Calzada-Logroño, en la que llevo ya tres años, y en la que tiene lugar este aniversario que ahora, por pura gracia de Dios, celebramos. Que el Señor lleve a término su obra y que el resto no seamos obstáculo para ello. Bendito sea Dios.








