El domingo pasado, el quinto del tiempo de Pascua, nos ofrecía una de tantas paradojas que se presentan en la Escritura y nos hablaba de piedras vivas. Cuando nos acercamos sorprendidos a esta expresión por la contradicción aparente de sus términos, descubrimos un mensaje bien rico y exigente que quiere comunicarse a todo bautizado.
Esta ha sido la experiencia definitiva del apóstol Pedro, que, con estas dos palabras, piedras vivas, ha conseguido expresar el acontecimiento pascual de Jesucristo, es decir, su muerte y resurrección, verdaderamente acontecidas, de las que fueron testigos los apóstoles y otros muchos contemporáneos suyos, dando comienzo a la nueva realidad de la Iglesia.
El fenómeno muerte-vida, eje central del mensaje cristiano, al que se refiere San Pedro, le permite conjugar los límites y caducidad de esta vida, representada con la imagen de la piedra, con las posibilidades que ofrece la vida que viene de lo alto, la vida del Espíritu que hace posible lo que para nosotros es imposible. De este modo, la debilidad de la creación es conducida a su destino glorioso gracias a la acción de Dios.
Si bien es verdad que esta visión quiere reflejar la vida de todo ser humano, el apóstol habla de una construcción concreta que es la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, que experimenta este misterio y lo ofrece al mundo entero para que participe igualmente de toda su riqueza.
Cabe entonces detenerse ante la expresión piedras vivas y reconocer los aspectos que nos limitan, los que nos desesperan, los que creemos que no podremos vencer, y, al mismo tiempo, confiar en la acción pascual de Dios que capacita para mirar y actuar de forma esperanzada en todo lo que somos y hacemos. Y como no estamos solos, sino que formamos parte de una comunidad que es la Iglesia, podemos de igual modo preguntarnos cómo estamos contribuyendo a su edificación, tanto en lo que se refiere a su desarrollo interno, como a su presencia en medio del mundo, lo que requiere de nosotros sintonía con su mensaje, afecto sincero, práctica orante, comunión fraterna, responsabilidad con sus necesidades, y testimonio público, en colaboración con los que buscan caminos de solidaridad y desarrollo del bien común.
En esta línea se ha manifestado de nuevo el Papa León XIV, en el mensaje para las Comunicaciones Sociales de este año, titulado “Custodiar voces y rostros humanos”, en el que nos anima a custodiar la suerte de los demás a través de relaciones sinceras, verdaderamente humanas, con visiones de la persona que la hagan desarrollarse en todas sus posibilidades, con un pensamiento crítico que ayude a discernir lo que más conviene y a desechar lo que daña, incluido el uso adecuado de las nuevas tecnologías tan ligado hoy a los avances de la inteligencia artificial (IA), que tanto influyen en los distintos aspectos de la vida, personal y social.
Todo un terreno donde poner en práctica nuestra condición de piedras vivas, y ejercer nuestra responsabilidad, ya seamos usurarios de los medios que utilizamos, empresarios implicados en el sector, creadores de contenidos o técnicos del funcionamiento de estos nuevos instrumentos utilizados de forma cada vez más generalizada. Estos son los lenguajes de nuestro tiempo, igual que otras épocas tuvieron los suyos. Que Cristo, Piedra Viva, nos ayude a responder a los retos de hoy.







