Quizá al leer el título se ha podido pensar por un momento que se trata de una confusión, ya que la quincena pasada lo titulamos con unos términos parecidos: “Lo esperamos”. Tiene su explicación. El texto del número anterior quería indicar nuestra mejor disposición para encontrarnos con el Papa León XIV en su proyectada visita a España. Se trataba de preparar y acoger de la mejor manera al sucesor de Pedro, con el deseo de escuchar lo que tuviera que decirnos en este momento de la historia de nuestro país.
Una vez terminada la visita, podemos afirmar la razón de este nuevo título, porque esperábamos que su presencia entre nosotros no defraudaría a nadie, ni a los de dentro de la comunidad católica, ni a los de fuera. Y así ha sido, con unos índices de seguimiento que alcanzan los centenares de millones de personas de todo el mundo que han querido sumarse al mensaje del Santo Padre en su paso por Madrid, Barcelona y las Islas Canarias, en concreto Gran Canaria y Tenerife.
Si hace unas semanas se hizo pública la encíclica del Papa León, Magnifica humanitas, podríamos decir que nos ha dejado otro documento magisterial con sus gestos, discursos, homilías y respuestas que ha realizado a lo largo de los distintos encuentros de su intensa agenda desde el sábado 6 de junio al pasado viernes 12.
Si bien cada intervención tenía una temática concreta en función del acto o de la celebración que se tratara, se ha querido espolvorear a lo largo de las comunicaciones una serie de ideas que se han repetido en diferentes momentos, de modo que algunos mensajes se han repetido de diversa manera, lo que ha hecho posible que más personas puedan atenderlos desde los diversos escenarios en los que se han pronunciado.
Así, hemos escuchado una vez más la defensa la dignidad humana, de toda persona, independientemente de dónde y cómo se encuentre, de su ubicación en la ley, de las presiones que se puedan ejercer sobre ella, de los errores que pueda cometer, de sus legítimas aspiraciones, de su diversa contribución a la sociedad. Hemos oído la defensa del no nacido, y del anciano, del derecho a la vida en general y del trato respetuoso que nos debemos unos a otros, en nuestros comportamientos y en nuestras expresiones, ojalá descargadas de toda violencia y difamación. Se ha animado al diálogo sincero con todos los sectores sociales: político, económico, deportivo, cultural, religioso, etc., aceptando la legítima discrepancia, sin imponer al otro nuestra visión y mucho menos con el uso de la fuerza, sin humillar al adversario, ni arremeter con el que limpiamente ha vencido, con respeto a la libertad de pensamiento, movilidad, enseñanza, religión, conciencia, etc.
Hemos escuchado el testimonio de personas santas entregadas al servicio del Evangelio, la necesidad de ejercitarnos en la verdadera humanidad, con todo tipo de gestos, con un deseo sincero de acoger al otro, de buscar la paz, de pedir y ofrecer el perdón, de solidarizarnos con los demás, especialmente con los más vulnerables, de apreciar la gratuidad en nuestras relaciones y en muchas de nuestras acciones en favor del prójimo, de implicarnos en la acogida e integración de los migrantes, que también tienen su responsabilidad en las sociedades a las que llegan. A los católicos se nos ha recordado la unidad de vida, la que alza la mirada al cielo y como consecuencia al mundo, para comprometernos con él, como Cristo nos enseñó. Que sepamos traducir la alegría que hemos recibido en acciones para el bien común. ¡Gracias Papa León!








