Acabamos de terminar la Semana Santa y la impresión que dejan estos días, a juzgar por la información que nos llega de los medios de comunicación y por los lugares en los que hemos podido seguir las distintas celebraciones, es que ha habido un seguimiento muy multitudinario de los diversos actos organizados para este tiempo fuerte de nuestro calendario.
El uso público de nuestras calles para la manifestación externa de la fe es un fenómeno afortunadamente muy común, perfectamente normalizado, que deja un rastro de bien en todos los sitios donde ha tenido lugar. El carácter pacífico de estas convocatorias, en las que han participado miles de cofrades o asociados, portando los pasos, tocando en las bandas, sirviendo de apoyo logístico, colaborando de diversos modos, etc., con la asistencia de los servicios públicos, ha permitido la acogida de una gran multitud de visitantes y paisanos que han contribuido a mover creativamente nuestros pueblos y ciudades. Lo más inmediato es la presentación explícita del mensaje cristiano de forma respetuosa a través de sus imágenes, acompañadas por la música, la oración y el silencio para que el que quiera adherirse pueda hacerlo. Además, estas convocatorias facilitan una sana convivencia, contribuyen al beneficio económico de los distintos sectores, y, como decíamos, al bien personal que dejan estas manifestaciones en los que intervienen.
Sin hacer alarde de apropiarse las calles como si éstas estuvieran reservadas sólo para determinadas formas de entender las cosas, la Semana Santa, como tantas otras manifestaciones de la piedad popular, indica que la fe tiene una dimensión externa que no queda reducida a la vivencia meramente personal o dentro de los límites de los templos, como si fuera de ellos la vida fuera ajena a lo que se celebra en el interior.
Merecería la pena recoger esta ingente cantidad de experiencias vividas y evitar que se enfriaran o que quedaran acotadas en determinadas fechas, de modo que, pudieran acompañar la vida cristiana de cada día y el testimonio en la vida pública, que, si es más aceptado y normalizado en el contexto de las procesiones, no es tan tolerado en otros ámbitos.
Qué gran tarea pueden realizar en este sentido los ambientes cofrades, de cara a la puesta en común de todo lo vivido, de canalizar la experiencia religiosa, de acompañarla, de darle la debida formación y de participar en las prácticas religiosas, para mostrar con naturalidad la fe en cualquier situación.
Esta finalidad casa perfectamente con uno de los objetivos de nuestro plan diocesano de pastoral para el presente curso, en el que queríamos impulsar la presencia pública del laicado en los diferentes ámbitos de la sociedad. Como hemos indicado, las cofradías contribuyen con sus actividades a presentar en la calle los acontecimientos centrales de nuestra fe, pero al mismo tiempo se requiere que, ahondando en el mensaje expuesto, sepamos dar razón de nuestra fe allá donde nos encontremos, una vez terminada la exposición que puede reducirse de forma equivocada a lo meramente cultural o tradicional, desgajándolo del impacto en la vida cotidiana.
Hemos de buscar esos espacios de encuentro que se proponen como líneas de acción en el plan pastoral para facilitar la presencia en la vida pública, responsabilidad de todos los bautizados, en los que la Iglesia diocesana quiere estar implicada. ¡Feliz Pascua!






